Guachimontes, pirámides circulares |
Frente al cuerpecito de trapo, tendido con las
piernas y brazos abiertos, ella invocó a los demonios. Después, con los ojos en
blanco, la cara descompuesta y el cabello revuelto, clavó, no sin antes
maldecirlo por duodécima vez, el último alfiler. Luego lo depositó en un hoyo que
ella cavó con sus propias manos. Ahí lo dejó acompañado de una fotografía. Más tarde,
cuando la luna, redonda y amarilla, descendía tras los cerros, ella, con la agilidad
de una pantera, salió del panteón sin volver la vista atrás.
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